viernes, 28 de septiembre de 2012

La Diosa de la Tierra



Vivimos en un mundo tetradimensional, cuya forma percibida por nuestros sentidos es un globo de materia flotando en la inmensidad del espacio. Antiguamente sin embargo el planeta Tierra no existía para la humanidad y tan sólo se hablaba de una realidad dividida en tres planos: el terrestre, el celeste y el inframundo, averno o infierno. De esta división en tres niveles surgieron multitud de cosmologías y visiones de la realidad. Dioses y demonios habitaban en reinos opuestos y el ser humano, en un mundo intermedio (la tierra media de las leyendas) sufría los avatares de ambos tipos de seres. Esto creó toda una estructura mítica en la psique humana y durante siglos su influencia ha marcado la moral y las acciones de las sociedades, el bien y el mal, las metas y los castigos.

Pero frente a esta concepción mítica de la realidad fue surgiendo en los últimos siglos una nueva visión , llamada científica, donde las descripciones religiosas fueron desapareciendo para ser sustituidas por una visión tangible y racional del mundo. Con los avances de la tecnología se alcanzó a comprobar que el mundo no es un plano sino una esfera flotando en un espacio cuasi vacío y sostenida por poderosas fuerzas en equilibrio.



¿Pero es esta toda la realidad? La materia que perciben nuestros sentidos es la integridad del mundo o tan sólo su superficie sensorial. ¿Hay algo más que todavía somos incapaces de vislumbrar o concebir? ¿Existe una inteligencia más allá de la humana oculta tras la apariencia del mundo tetradimensional?

¿Es la vida tan sólo la materia? ¿Es la inteligencia únicamente una propiedad de los seres biológicos en la escala por nosotros conocida? ¿Son los organismos vivos definidos por la ciencia la exclusiva forma de vida e inteligencia? ¿Está el ser humano preparado ya para entender la esencia y el significado del universo?

Algunos científicos han comenzado a apuntar tímidamente la hipótesis de que la vida pudiera existir a escalas distintas a las que nosotros conocemos. Tal vez la vida tiene formas de organizarse que aún siquiera podemos sospechar.

Desde tiempos inmemoriales ciertos místicos y chamanes han expresado la opinión de que en base a sus experiencias con la conciencia han descubierto que la trama de la realidad que conocemos es tan sólo un pequeña parte de la trama de la realidad total del universo. Y que el plano de la vida biológica, definido por la ciencia en base a nuestros sentidos ordinarios, es meramente una realidad vital entre otras muchas no operativas desde el nivel de la conciencia ordinaria pero igualmente verdaderas.

Para descubrir y conectar con esa realidad imperceptible por los sentidos comunes es preciso, según estos místicos y chamanes, volver la mente hacia adentro, como cuando volvemos al revés un jersey, y comenzar a percibir desde otro nivel interior de conciencia.

Al ser la realidad verdadera algo imperceptible sensorialmente, no podemos sino percibirla a través de estados de conciencia generadores de niveles de realidad. El estado de conciencia ordinario de la humanidad es tan sólo un entre otros muchos posibles y ese estado conciencial es el que define la realidad del mundo y del espacio-tiempo.

Toda la ciencia moderna está basada en un estudio de la realidad dentro del estado de conciencia que creemos el único existente. Y toda la estructura técnica de la sociedad registra la franja sensorial ordinaria que nos sirve para delimitar la realidad tangible. Hemos creado así una visión del universo denominable como científica-sensorial, pero hemos olvidado que el estado de conciencia matiza y filtra la configuración del flujo espacio-temporal del mundo sensible.           
Nuestra mente crea un fluir de pensamientos que definen la realidad, aún sin ser nosotros capaces de alcanzar la conciencia necesaria para vislumbrar el proceso. Carentes de un nivel de conciencia elevado la humanidad vive en un mundo tetradimensional restringido a determinadas formas de espacio y tiempo. La secuencia muerte y vida de las formas biológicas forma un espejismo donde la conciencia se halla fascinada y atrapada, incapaz de alcanzar otros niveles de realidad.
Desde tiempo inmemorial algunos seres humanos han alcanzado a vislumbrar que la vida y la conciencia son un flujo que va más allá de las formas del espacio-tiempo conocido. El mundo es un tejido de materia que se halla imbricado en un campo de conciencia-mente, un sustrato interno donde se asienta la verdadera fuente de la realidad. Desde el interior de este sustrato de mente y conciencia surge un flujo que se manifiesta en las cambiantes formas del mundo biológico. La denominada materia es así tan sólo un aspecto de la realidad, una cristalización dinámica de una fuerza mental imperceptible sensorialmente. No somos capaces de  percibir esa Fuerza directamente con los sentidos, pero sí podemos registrar o percibir sus manifestaciones en el mundo de la forma.

Hace miles de años, antes de que llegaran las sociedades patriarcales a definir la realidad, se concebía este sustrato mental como una fuerza global de la que procedían todas la chispas individuales de conciencia que se manifiestan y perciben la realidad desde el interior de unidades biológicas. Esa fuerza o campo mental global fue denominado la Diosa Madre Creadora. Y esa Diosa Primordial fue adorada como fuente de la creación o mundo tetradimensional de espacio y tiempo.

Parafraseando distintos génesis de Oriente Próximo podríamos decir que:  Al principio de la creación esa Fuerza Máter Femenina reinaba en solitario sobre las aguas primordiales y genésicas del mundo-universo, es decir sobre el plasma energético-mental primigenio. Y esta Fuerza que soplaba sobre la Faz de las Aguas Primordiales es la origina y gesta todo el proceso de la sabiduría creadora que forma el espacio-tiempo tetradimensional en el que habita la humanidad.

Al considerar la Fuerza Interna de la Naturaleza como una Matriz de la Realidad se la representó como una Máter Original y Creadora, y de ahí el paso a la veneración bajo una forma femenina humana. Y siendo el seno y el útero de la mujer un lugar oscuro, al igual que las capas subterráneas de la tierra fértil, es fácil comprender que esa Madre fuera concebida como entidad femenina oscura, como la noche, e igualmente se la relacionó con la luna, regente de los ciclos biológicos del mar, las plantas y los animales.

Las representaciones de diosas fueron el primer símbolo 
de la Fuerza Oculta tras la apariencia del mundo fenoménico del espacio-tiempo.


Una mujer cubierta por un velo de estrellas puede simbolizar perfectamente a la máter universal o máter cósmica. Los antiguos sumerios, hace más de cinco mil años, ya afirmaban que lo femenino es la fuente de toda manifestación. Y así decían que en el principio sobre un mar primordial reinaba la diosa sumeria Nammu.














La Diosa de la Tierra fue concebida de muy diversas formas y recibió diferentes nombres, en función del aspecto que se quería remarcar o de la cultura humana particular de cada lugar y momento. En esta imagen podemos reconocer a la Diosa Cazadora, regente de vida y muerte en el reino de la naturaleza.












Ella era la dadora de vida, pero también la que la arrebataba. Todo volvía al seno de la diosa creadora, y así era aceptado, para después volver a resurgir bajo otro aspecto. La vida es un proceso de cambio continuo, de destrucción y regeneración, de nacimiento y muerte, de descenso a las profundidades de la materia y de reascenso al mundo de la forma y del tiempo.








La diosa celta Cerrydwen poseía el caldero mágico donde se hallaba toda la materia y la sabiduría del universo. Quien probaba el elixir de su caldero prodigioso alcanzaba la iluminación o visión auténtica de la realidad, más allá de las limitaciones de la forma y el tiempo. Los iniciados y druidas buscaban probar el secreto y prohibido contenido de ese Caldero para así renacer a una nueva vida. Estos mitos sobre el caldero de las diosas y dioses celtas propiciaron la posterior aparición de la literatura grialiana.


Perdida la diosa las mujeres perdieron también su poder y a partir de entonces en su inconsciente se sometieron al dominio del hombre, aunque muchas no aceptaron esta condición subordinada y sufrieron por ello.

También los hombres han vivido alejados de su esencia espiritual primigenia, donde lo masculino y lo femenino permanecía en equilibrio sustentado por la raíz creadora de la diosa.

Durante los últimos siglos de hegemonía religiosa patriarcalista, las mujeres seguidoras de la diosa, las que no habían perdido su vínculo con la deidad femenina de la tierra, fueron tachadas de seres maléficos, adoradoras de demonios y calificadas despectivamente como perversas y diabólicas brujas.





(Reseña de la Brujería en la Historia)

En la lejana época en que se adoró a la diosa como deidad suprema el mundo conoció una era de paz y prosperidad, floreció la agricultura, la artesanía y prosperaron las primeras ciudades. Pero tras varios milenios de edad de oro llegaron los pueblos guerreros de la edad del hierro y el proceso derivó hacia una concepción agresiva de la vida, la cual era regida por nuevas concepciones religiosas, donde dioses masculinos guerreros fueron desplazando paulatinamente a la antigua divinidad máter femenina. Durante siglos cohabitaron la diosa y el dios, las diosas y los dioses, en un cierto equilibrio, para al final ir venciendo estos últimos en la mente humana hasta llegar a la fase final ya conocida del monoteísmo de las religiones patriarcales.



Tras la victoria en el consciente humano de los arquetipos religiosos masculinos sucedió que el arquetipo de la diosa se fue retirando de los principales centros de cultura de la pujante nueva civilización patriarcalista.

La humanidad perdió el contacto con el alma de la tierra, con su sustrato espiritual, sustituyendo a la diosa por dogmas y doctrinas fundamentalistas cuyo fin es restringir el espíritu humano y anclarlo en esta realidad de espacio-tiempo. Se sustituyó la presencia de la diosa en el mundo con la promesa de un futuro paraíso ultraterreno, de un cielo quimérico como premio a los buenos seguidores de los principios religiosos patriarcalistas. Así se llega a la contradicción de destruir la tierra y esperar un premio en un cielo postmorten.

En cambio la Diosa y la Tierra son una, según la vieja concepción. Al igual que el ser humano, su cuerpo y su alma, son uno. Todo está integrado en la naturaleza, pues el campo de energía-mente engloba todo el espacio-tiempo, sin divisiones entre un mundo celeste arriba y otro terrestre abajo. Según la antigua visión de la religión de la diosa, todos los mundos se solapan en distintas realidades una dentro de la otra, una paralela a la otra. La materia y el espíritu son dos aspectos de una misma cosa. No hay separaciones, todo se integra en una unidad global, en un círculo eterno e infinito que lo comprende todo.



Autor. Kababelan



ATTE: Titania


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