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martes, 22 de enero de 2019

Poesía por Rubén Darío




Poema: 
[...]
Y la vida es misterio, la luz ciega
y la verdad inaccesible asombra;
la adusta perfección jamás se entrega,
y el secreto ideal duerme en la sombra.

Por eso ser sincero es ser potente;
de desnuda que está, brilla la estrella;
el agua dice el alma de la fuente
en la voz de cristal que fluye de ella.

Tal fue mi intento, hacer del alma pura
mía, una estrella, una fuente sonora,
con el horror de la literatura
y loco de crepúsculo y de aurora.

Del Crepúsculo azul que da la pauta
que los celestes éxtasis inspira,
bruma y tono menor -¡toda la flauta!-
Y Aurora, hija del Sol -¡toda la lira!-.

Pasó una piedra que lanzó una honda;
pasó una flecha que aguzó un violento.
La piedra de la honda fue a la onda,
y la flecha del odio fuese al viento.

La virtud está en ser tranquilo y fuerte;
con el fuego interior todo se abrasa;
se triunfa del rencor y de la muerte,
y hacia Belén... ¡la caravana pasa!

miércoles, 7 de noviembre de 2012

La Copa de las Hadas de Rubén Darío.




¿Fue en las islas de las rosas,
en el país de los sueños,
en donde hay niños risueños
y enjambre de mariposas?
Quizá.

En sus grutas doradas,
con sus diademas de oro,
allí estaban, como un coro
de reinas, todas las hadas.

Las que tienen prisioneros
a los silfos de la luz,
las que andan con un capuz
salpicado de luceros.

Las que mantos de escarlata
lucen con regio donaire,
y las que hienden el aire
con su varita de plata.
¿Era día o noche?

El astro
de la niebla sobre el tul,
florecía en campo azul
como un lirio de alabastro.

Su peplo de oro la incierta
alba ya había tendido.
Era la hora en que en su nido
toda alondra se despierta.

Temblaba el limpio cristal
del rocío de la noche,
y estaba entreabierto el broche
de la flor primaveral.

Y en aquella región que era
de la luz y la fortuna,
cantaban un himno, a una,
ave, aurora y primavera.

Las hadas -aquella tropa
brillante-, Delia, que he dicho,
por un extraño capricho
fabricaron una copa.

Rara, bella, sin igual,
y tan pura como bella,
pues aún no ha bebido en ella
ninguna boca mortal.

De una azucena gentil
hicieron el cáliz leve,
que era de polvo de nieve
y palidez de marfil.

Y la base fue formada
con un trémulo suspiro,
de reflejos de zafiro
y de luz cristalizada.

La copa hecha se pensó
en qué se pondría en ella
(que es el todo, niña bella,
de lo que te cuento yo).

Una dijo: La ilusión;
otra dijo: La belleza;
otra dijo: La riqueza;
y otra más: El corazón.

La Reina Mab, que es discreta,
dijo a la espléndida tropa:
"Que se ponga en esa copa
la felicidad completa".

Y cuando habló Reina tal,
produjo aplausos y asombros.
Llevaba sobre sus hombros
su soberbio manto real.

Dejó caer la divina
Reina de acento sonoro,
algo como gotas de oro
de una flauta cristalina.

Ya la Reina Mab habló;
cesó su olímpico gesto,
y las hadas tanto han puesto
que la copa se llenó.

Amor, delicia, verdad,
dicha, esplendor y riqueza,
fe, poderío, belleza...
¡Toda la felicidad!...

Y esta copa se guardó
pura, sola, inmaculada.
¿Dónde?

En una isla ignorada.

¿De dónde?

¡Se me olvidó!...
¿Fue en las islas de las rosas,
en el país de los sueños,
en donde hay niños risueños
y enjambres de mariposas?

Esto nada importa aquí,
pues por decirte escribía
que esta copa, niña mía,
la deseo para ti.


ATTE: Titania